La pirámide azul

 

Entonces sentían el gas y se amontonaban alejándose de las columnas amenazadoras, y finalmente se abalanzaban sobre una enorme puerta de metal con su ventanita, y allí se apilaban en una pirámide azul, pegajosa y manchada de sangre, dando manotadas y gritándose unos a otros, incluso en la muerte. Veinticinco minutos después las bombas eléctricas “de desagote” eliminaban el aire cargado de gas, se abría la gran puerta de metal y entraban los hombres del Sonderkommando judío, protegidos con máscaras antigás y botas de goma y trayendo mangueras, pues su primera tarea era eliminar la sangre y las defecaciones antes de separar con garfios y ganchos a los muertos contorsionados, el preludio de la siniestra búsqueda de oro y la eliminación de los dientes y los cabellos, considerados materiales estratégicos por los alemanes. Después, venía el viaje en ascensor o carretilla hasta los hornos, el molino que reducía a fina ceniza los restos calcinados y el camión que dispersaba las cenizas en el arroyo del Sola.

[Paul Johnson, Tiempos modernos. Hoy se cumplen 69 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz. Este es el relato de un testigo o de un verdugo, probablemente de un testigo verdugo].

Hay escenas muy desagradables de la Historia que conviene no olvidar.